Miércoles 08 de Septiembre del 2010 - 13:46:07
Inicio | Contacto | Iniciar Sesión  
 

Academia de Ciencias

Domingo 21 de Febrero del 2010
PARA LEER EN DÍA DOMINGO
Agradecemos a la Bibloteca Sarmiento de General Alvear Mendoza por enviar estos aportes

ALICIA DÚO

Los Recuerdos
Elejercicio de la libertad diaria puso al león inadvertido. El error fuepisar confiado un suelo que parecía igual al de siempre. Cayó en laoscuridad, quiso alzarse en el túnel que desparramaba tierra suelta,rugió inútilmente y comprobó que estaba en una trampa. Después loencerraron en una jaula. Desgastó sus fuerzas en pasos obstinados.Tropezaba con los límites de un habitáculo corto y maloliente. Gruñó decansancio y de ira, sudoroso de rabia al encontrarse con sus propiosexcrementos y su orina que demarcaban un territorio tan pequeño.
Seasqueó de la comida. Todos los días le daban el corazón de algún otroanimal cazado: de un uru, de una cebra, de una gacela y hasta decachorros de león. Querían desensibilizarlo al sentimiento y lo estabanalimentando con el origen de sus simientes.
Adistintas horas, el carcelero, desde lejos, le golpeaba el lomo con unhierro y con un palo puntiagudo lo pinchaba. Enloquecido de dolor élmismo presentaba sus partes más débiles porque elevaba las patas alaire, tratando de derribar un techo inalcanzable. Sacaba las garras porlos barrotes, pero el torturador se alejaba precavidamente. Su objetivoera aleccionarlo para la venganza. Deseaba transformarlo en pura furiay fuerza turbadora.
El viaje fue largo, perdió la orientación. Lasnoches de tormentos le borraron las constancias de los caminos y levariaron los puntos referentes.


Undía vio el lago rojo. Era el final de un trayecto de sometimientos. Leabrieron la jaula. Tuvo que caminar sobre el agua carmesí que teñíanlas arenas y llegar al origen del manantial que cubría el desierto: uncorazón que manaba y latía. No era un pedazo de carne muerta como lasque masticara en el odiable cubículo que soportó a la fuerza.
Disgustado,desconcertó al verdugo que le había arruinado los días y las noches.Ahora los hechos le decían que su esclavizador le había dado elprincipio de la moraleja: si lograba tragar los corazones, incluidoslos propios, estaría libre de golpes y de encierros.
No se comió la entraña. No la devoró y fue consciente de ello, porque al
tenerlacerca olfateó el mismo olor de su primera hembra joven, una leona quecazaba para él entre las sombras. Recordó sus revuelcos en losmatorrales verdes y los paseos seguros, serenos, mimetizados entreárboles y helechos altos de la selva. Se dejó llevar por el solcaliente que le aliviaba los huesos reprimidos de esclavitud enjaulada.Lamió el corazón vivo, y acunado en el latido ajeno que era propio enla memoria se durmió con un sueño, al final, fácil.
No contó lasjornadas. De uno o dos hombres que lo vigilaban pasaron a ser algunosmás y luego una multitud que esperaba certificar una voracidad quedeseaban. Él soportó la custodia pacientemente. El tiempo corría a sufavor.
Acariciabael corazón con la piel de los labios, lo limpiaba de la arena que elagua roja cardiolar arrastraba en su corriente. La quietud de las horasigualadas en circunstancias le dieron la razón. La espera cansó alpueblo.
El ahorcamiento de unos asesinos distrajo al populachoenfervecido. Un nativo valiente que no era medroso le puso al cuellouna soga. Le explicó que lo llevaría hasta el límite de su país natal yque allí lo dejaría. Si era capaz encontraría solo el camino de vuelta.
Enel trayecto el león tuvo que contestar la pregunta que esperaba yrenegó por sacar a luz su escondido secreto. No había devorado elcorazón porque él sabía que esa terrible carne humana, que no dejaba dellorar sangre, era la de una mujer enamorada. La que alguien nominóMadavirh. Sin desgarrar las venas ni las arterias había logrado hablarcon ella y en honor de un recuerdo su hambre se había aquietado. Lapretensión de su torturador originario era un presupuesto absurdo conun rebote lógico: nadie que estuviera ahíto seguiría comiendo.
Elnativo coincidió con él, pero no comprendía los hechos. Le preguntó conhumildad para qué amar si el fin llegaba igual, qué diferencia habíaentre recluir la voluntad y vivir aún a disgusto y querer domeñar eldestino con un amor de muerte obstinada.
­ Es necesario tener un buen recuerdo para comprender la historia ajena­ dijo el león.
Sedespidieron en las montañas, después de sentir el temblor de la tierray comprobar en el horizonte el dibujo nítido de una pirámide negra. Nose volvió a escuchar el corazón que por orden del más poderoso estabaescondido
y sepultado. El hombre se encaminó sendero abajo y el león traspasó previsibles, inquietantes peligros para volver al lugar donde su rugido era temido y respetado.
Unanoche un pequeño cachorro de su camada, que se consideraba más audazque el resto, deseó investigar el secreto del animal viejo. Quiso sabersi era cierto que había descubierto un lago rojo nacido de un corazónenamorado,
por qué no había destrozado entre sus dientes esa entrañay si era posible que tal fuerza de voluntad, que ninguno de ellos seanimaba a juramentar, se repitiera entre la especie.
Él cerró losojos. Volvió a recorrer los pastos con su primera leona, la que cazabapara él bajo la luna. Protegió su solitaria intimidad y deseó que cadauno descubriera su pasión a tiempo.
­ No sé­ dijo el león­. Puede ser. Ya no me acuerdo.

SUGERIMOS VISITAR el BLOG INSTITUCIONAL:

bibliotecasarmiento2131.blogspot.com



Publicidad






Galería de Fotos

Enlaces

Publicidad


PLUS NOTICIAS


SOLICITE PROMOTOR






















Escríbanos

Visitas

Visitas de Hoy:1764
Visitas de Ayer:2541
Visitas del Mes:55741
Visitas Totales:711994

Academia de Ciencias